Rickie Lee Jones

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Rickie Lee Jones

 

Menos mal que el miércoles no tenía ninguna cita ineludible (como quedar con un amigo al que hace meses que no ves) y que tampoco caí ante la tentación de ver varias buenas películas en sesión doble o triple. No, lo que aconteció en el Kafé Antzoki bilbaíno era algo mucho más importante y, porqué no, innovador. No tuve tiempo de informarme sobre el formato con el que actuaría Rickie Lee, quizás por eso creí que se trataba de una introducción, cuando vi a los dos únicos músicos acompañando a la de Chicago, uno a la guitarra y otro a un contrabajo de lo más curioso.

Nuestra protagonista comenzó el show al piano con el inmortal tema de principios de los 80, “Livin´ It Up”, y la segunda fue una que yo ansiaba que fuera descargada ese día, pero que temía no fuera así; nos sorprendió, al menos a un servidor, y nos ofreció una de las más bellas canciones de cantautora de los últimos 30 años: “On Saturday Afternoons In 1963”.

Con ese comienzo y con esos escasos aunque efectivísimos músicos la noche parecía que iba a merecer la pena, y realmente fue así, no lo hubiese cambiado por nada.

El público del Antzoki estaba atento y observador, algunos con una gran sonrisa en la cara y otros pensativos e inmersos en su mundo interior; en el de Rickie o en el suyo propio. O tal vez en los dos. Cuando alguien del fondo elevaba mínimamente la voz (quizás para pedir algo en la barra) el público clamaba silencio, a veces incluso en sus nuevos y geniales temas. Y sorprende, porque aunque sean buenas composiciones, uno cree que a la gente se la sudará que otros hablen mientras no sea en los típicos hits de hace años; no fue así de ningún modo.

Algunos temas (esos hits de los que hablaba) como “Chuck E´s in love” y, sobre todo, “Pirates (So Long Lonely Avenue)” sonaron diferentes a las grabaciones de estudio. Salieron de los dedos y la garganta de esta mujer de 55 años con una fuerza y una desnudez que erizaba el vello; su voz sigue perfecta, como la de una veinteañera que acaba de descubrir su talento vocal y por ello cambia de registro cada dos por tres. En cuanto a estilos no daré demasiados detalles, pues la dama maneja blues, pop, jazz, rock o folk.

Me impresionaron mucho tanto las melodías como las letras de su último álbum, “Balm In Gilead”. En general, tonadas sentidas (por autora/intérprete y público) que descubrían a una compositora aún comprometida con sus sentimientos. “Bayless Street”, “The moon is made of gold” (compuesta por su padre a mediados de los 50) o “Bonfires”, con la que a algunos se les escapó la lagrimilla, pusieron de manifiesto a una exquisita compositora y a una conmovedora intérprete.

He olvidado mencionar que al principio del show se pidió que no se fumara en la sala y se rogó riguroso silencio. En algunos momentos también ella pedía silencio al público, y se la notaba algo mandona con sus músicos (será cosa de las confianzas), pero facturó un show redondo en el que no cupo (o no quiso meter) la joya de hace 30 años que supone “Coolsville”. Dato sin demasiada importancia si se tiene en cuenta que aquel miércoles capturó a nuevos fans y provocó la redención de otros muchos.

Texto: Jon Bilbao

En: Crónicas

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