Leonard Cohen

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A medida que el metro se acercaba a Ansio, los vagones se iban llenando de grupos de personas que peinaban canas. En San Mamés se bajó la afición del Athletic y nos descubrimos como un grupo muy heterogéneo, estudiándonos los unos a los otros y reconociéndo quién iba y quién no al concierto. Los había doctos y progres profesores universitarios, así como gente que escuchábamos a Leonard Cohen desde el asiento de atrás del coche de nuestros padres en aquellos largos viajes vacacionales.

 

Había bastantes extranjeros, y la situación se cosmopolizó aún más tras salir a la superficie. Gentes de todas las partes del mundo vendiendo merchandising con la cara del maestro a la entrada del BEC.

 

Siempre me ha parecido muy impersonal la llegada a un concierto al BEC. Como si el propio BEC fagocitase a lo que en él se celebra. Pero tras saltarnos la cola (acreditas!!), lo que nos esperaba después de bajar unas escaleras y pasar por debajo de un entramado de sillas andamiadas, era una puesta en escena(rio) bastante potente, construída exclusivamente con luces y telas.

Leonard Cohen

Con un ligero retraso, el concierto comenzó, apareciendo primero la banda y después el propio Leo, en medio de una ovación y aplausos sin fin. Con “Dance Me To The End Of Love” empezó, como lo haría en Londres, un recital de más de dos horas y media.

 

La gente coreó tímidamente partes sueltas de “Bird On The Wire”, “Everybody Knows” y “My Secret Life”, hasta que con “Who By Fire” el canadiense llegó al descanso acompañado de las voces de la mítica Sharon Robinson y sus coristas.

 

Después de 20 minutos para consumir comida rápida y aguantar colas en la barra, el cantautor volvió al escenario y con su banda (10 excelentes músicos) consiguió arrancar los primeros aplausos de emoción más allá del respeto y corrección inicial con “Sisters of Mercy” y “Gypsy Wife”, que levantaron a más de uno en los aplausos.

 

Tras un delicado sólo de Sharon, al que acompañaron las otras dos “gymnastics” (tal y como las llamó el propio Cohen), llegaría “Hallellujah” y “I’m Your Man”, ya con todo el gallinero levantado, coreando y balanceándose en un acto de introspección social junto a otras 6000 almas.

 

En los bises quemó todos los cartuchos con “So Long, Marienne”, “First we take Manhattan” y otras perlas, y a ratos consiguió lo contrario: sentar a alguno que otro. Tras dos salidas y vueltas al escenario, finalmente y tras despedirse agarrado de las manos de sus compañeros, el abuelo salió dando brincos de escena. No tengo muy claro la sensación del resto de la gente, pero a mí me pasó que tenía sentimientos encontrados: un concierto perfecto, de un clásico autor e intérprete que siempre me ha gustado, ejecutado de pies a cabeza con maestría, pero que falto de un puntito de sangre; supongo que también en esto influye la edad del cantante, que anteayer en Barcelona cumplió 75 años). ZORIONAK!

 

 

Texto: Kristina Álvaro

Foto: Diego Pérez Urruchi

En: Crónicas

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