Joaquín Achúcarro + Orquesta Sinfónica de Euskadi @Palacio Euskalduna

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Fotos: Miriam Sarrapio

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El filósofo de la música Julian Johnson tiene un tratado dedicado a argumentar a favor de la música clásica ante la pregunta: ¿quién necesita la música clásica? Johnson no solo defiende que la música clásica es muy distinta a otros tipos de música: hay música para entretenerse, hay música de acompañamiento de fondo y hay música que es arte.

También critica el relativismo cultural hegemónico hoy en día que considera que la diferenciación entre “arte culto” y “arte popular” es artificial y que no hay diferencia entre la novena sinfonía de Beethoven o “Revolution” de los Beatles (la comparación está buscada para levantar polémica).

Mi concepción de la música clásica es que lamento mucho no haber seguido con las clases de solfeo y de piano a las que de niño mi ama me apuntó. Siempre la recordé porqué no me enseñaba ella a tocar el piano (solo aprendí a tocar “Para Elisa” de memoria) y ahora intuyo que a diferencia de Leopoldo con su hijo Mozart, mi santa madre no veía en mí nada, absolutamente nada, de talento musical y por eso desistió. Los que no valen para la música solo escriben de ella.

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La tarde-noche musical en el Palacio Euskalduna iba de tipos de romanticismo. Definir un movimiento artístico normalmente se hace por contraposición. El romanticismo como gran categoría artística que experimentó desarrollos en la pintura, la literatura, y especialmente en la música, se opuso al racionalismo y clasicismo y sus reglas anquilosadas.

El romanticismo como lenguaje artístico-cultural sitúa al ser humano en una nueva relación con el mundo. En el romanticismo lo que cobra vida es el genio creador del artista-héroe, sus impresiones y creatividad.

Joaquín Achúcarro es un genio interpretativo a la hora de producir sonidos al piano y quizá por ello su selección del concierto para piano y orquesta de Edvard Grieg dentro de un menú de creadores románticos significativos de principios de siglo XX.

De Joaquín Achúcarro poco se puede decir que no se conozca. Es el primus inter pares de los solistas vascos. Joaquín Achúcarro Arisqueta nació en Bilbao en 1932, es pianista, profesor de música, compositor -aunque solo haya compuesto el himno de Leioa- y además, dato poco conocido, está emparentado con Edvard Grieg a través de su bisabuelo que era noruego.

A los 13 años dio su primer concierto. Estudió en los conservatorios de Bilbao y en Madrid. Su trayectoria profesional como interprete despuntó cuando ganó el Concurso Internacional de Liverpool. Tras haberlo ganado se casó con su mujer Emma pianista prodigio que aún ostenta el record de haber obtenido el título de solfeo a los 8 años.

Desde entonces Joaquín Achúcarro ha venido desarrollando una carrrera concertística que le ha llevado a más de 60 países, a los mejores marcos y espacios musicales -Carnegie Hall de Nueva York, Royal Albert Hall de Londres, Teatro Colón de Buenos Aires,Teatro alla Scala de Milán, Opera House de Sydney. Palacio Esukalduna…- y a actuar con más de 200 orquestas. También ha ganado todos los premios y distinciones que se pueden ganar, entre ellos ser Hijo Predilecto de la Villa de Bilbao, la Medalla de Oro de las Bellas Artes, Premio Nacional de Música, Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, Artist for Peace de la UNESCO…

Para esta ocasión Achúcarro estuvo acompañado por la Orquesta Sinfónica de Euskadi con la dirección del maestro Josep Caballé-Domenech, director muy reconocido internacionalmente y actualmente titular de la Colorado Springs Philarmonic y Staatskapelle Hall.

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La Orquesta abrió temporada dedicada a José María Usandizaga (1887-1915)- porque este año se cumple el centenario de la muerte del  compositor y pianista donostiarra- con la interpretación de su obertura sinfónica de tema de canto llano de su temprana etapa parisina (Opus 26), y ya con Achúcarro en escena como solista, el concierto para piano y orquesta en la menor (Opus 16) de Edvard Grieg (pariente lejano de Achúcarro), completándose el programa con la sinfonía en la menor (Opus 44) de Rajmáninov.

José María Usandizaga (1887-1915) es según el musicólogo Patxi J. Larrañaga uno de los artífices de la opera vasca junto con Guiridi y Azkue y una figura un tanto huidiza que merece ser redescubierta. Para esta ocasión pudimos disfrutar de una obra de estilo francés de cuando Usandizaga estudiaba en la Schola Cantorum.

El cerebro de un músico que toca el piano es distinto al de las personas que no tocan instrumentos. De acuerdo con los estudios del neurocientífico de origen español Álvaro Pascual-Leone (2006), el cerebro del pianista se reorganiza plásticamente debido a la actividad que realiza (tocar el piano) creando nuevas conexiones neuronales en la zona de la corteza motora, área del cerebro humano que permite el aprendizaje motor, cuyo resultado es su mayor expansión volumétrica.

La audiencia asistente pudimos ser testigos del cerebro en acción de Achúcarro tocando el concierto para piano y orquesta en la menor (Opus 16) de Edvard Grieg. Un cerebro esculpido por años de práctica musical. Lo que marcó la interpretación, sin partitura, fue su economía de gestos, precisos y claros en ejecución. En los últimos pasajes expresó mucho vigor en las notas.

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El concierto para piano y orquesta en la menor de Grieg abre con intensidad (crescendo), seguido de pasajes donde el solista, en esta ocasión el maestro Achúcarro, expresa su virtuosismo y se cierra con acorde apoteósico de orquesta. Hasta tres veces salió para recibir la ovación del público y dar bises.

La sinfonía en la menor (Opus 44) de Rajmáninov es según los especialistas la menos romántica en su haber, pero aún así es un tipo de romanticismo. Esta composición es para orquesta completa. La composición es de tres movimientos (lento-adagio-allegro vivace). La Orquesta Sinfónica de Euskadi pudo brillar y así lo hizo.

Acostumbrado a ir a conciertos de  música rock/pop, la profundidad del sonido en  la música clásica es tal que cualquier sonido ajeno (ruido de butacas, tos…) te perturba de la mágica burbuja de las notas creadas por los artistas. Porque es lo que son, artistas, y la música que hacen, arte. ¡Bravo Achúcarro, Bravo Orquesta Sinfónica de Euskadi!

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Acerca del autor

Aníbal Monasterio Astobiza es licenciado en Filosofía por la Universidad de Deusto (2003), Máster en Psicología Social por la Universidad del País Vasco (2010) y Doctor en Ciencias Cognitivas y Humanidades por la Universidad del País Vasco. Le gustan los huevos fritos y las patatas fritas.

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