Crónica Azkena Rock Festival 2016: celebrando 15 años de emociones sónicas

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Otro año paseando nuestros huesos por las campas de Mendizabala, un año más buscando el sonido perfecto, y como siempre, un nuevo año para descubrir y/o reencontrarnos con solistas y bandas que pueden merecer mucho la pena, aunque llueva, truene sin cesar o baje algún dios caprichoso a tratar de convencernos de que lo que ahora está de moda es el electro-pop.  A decir verdad los llamados “azkeneros” no suponen un tipo único de personalidad (sólo faltaría), ya que los hay muy metaleros, punks-hardcoretas de siempre , los que picotean un poco de todo e incluso los que afirman que el Azkena Rock Festival decayó hace diez años a pesar de que, ojo, ellos sigan acudiendo año tras año por si las moscas. Y es que uno de los grandes atractivos de éste festival es que a día de hoy aún sigue brindando buena cantidad de sorpresas.

The flying scarecrow, ganadores del pasado villa de Bilbao en la categoría “metal”, estaban ya finiquitando el último tema de su pase cuando entramos a refugiarnos en las nuevas carpas que se instalaron cerca de los escenarios, desde las que se perdía mucho sonido. En éste caso eso no fue mayor problema ya que “el espantapájaros volador” envió durante esos cuatro minutos potentes vibraciones a cada costado del cada vez más repleto recinto. El escenario principal estaba dedicado, como no, a Lemmy Kilmister mientras que el segundo llevaba el nombre en homenaje al también recientemente fallecido David Bowie y el tercero (seguramente el que mejor sonido ofreció) se llamó Scott Weiland, ex vocalista de Stone temple pilots y Velvet Revolver que a finales del pasado año nos dejaba con sólo 48 años. Difícil decisión la que habríamos de tomar en aquel momento: el dúo The London Souls o el trío formado por Jared James Nichols y su base rítmica. Venció por votación popular el joven Jared James, que con sólo un álbum bajo el brazo ya tiene canciones que suenan en la tradición del mejor blues rock y rock n roll clásico. Canciones como payin´ for keeps o la rítmica can´t you feel it no desentonaron lo más mínimo con la versión del rock n roll hoochie koo de Johnny Winter que se marcaron, con lo que no es complicado hacerse una idea del sabor de su música. Directamente saltamos hasta el canadiense Daniel Romano y su banda, que sonaron mucho más rockeros de lo que imaginaba; a lo mejor es que no he escuchado demasiado sus dos últimos trabajos y lo que esperaba encontrar en aquel concierto era country pausado como el que venía perfilado en sus primeros álbumes, y de eso hubo algo, pero más bien poco.  En esas pocas canciones pausadas Romano sigue conservando el timbre vocal de Willie Nelson, pero se ve que cuando puede escoge las canciones más rítmicas de su catálogo, que en formato cuarteto sonaron más directas.

Aún llovía, pero la diferencia de sonido entre la carpa y la intemperie era muy notable, con lo que fuimos muchos los que salimos a disfrutar con la música y con el agua, que por cierto, no mata de por sí. El oso que representaba a greenpeace trató de animar a la gente a salir y hasta amagó un baile con Oscar Cubillo, pero no tuvo éxito. Vintage Trouble quieren ser el grupo más molón y en varios aspectos se quedan a medias: tienen algunas buenas canciones pero ni siquiera llegan al nivel de muchos de sus contemporáneos souleros. Además tienen la manía de extra amplificar su show, de hacer que la gente coree durante más segundos de los que seguramente debieran y del sinsentido de mandarnos agachar hasta el suelo para subir después todos a la vez en una especie de clímax que no llega. Puede que si fuera George Clinton el que llevase a cabo tales acciones yo le obedeciera y hasta lo disfrutara, pero para eso hay que estar conectadísimo con la música, y no fue para nada el caso. Sus números rítmicos interpretados en directo son buenos ejemplos de “soul para hacer pilates”, mientras que las baladas (shows what you know) servirían perfectamente para un magreo rápido en el sofá. La veterana Lucinda Williams hace casi veinte años que está viviendo una merecidísima segunda juventud y su voz va encajando cada vez más en sus canciones, pues es la voz de la experiencia la que habla. Algunos creíamos que sería ésta “country woman” la que pararía el agua, y aunque costó un buen rato finalmente así sucedió, porque los dioses son muy caprichosos ellos. El blues (tan “azkenero”) protection abría un setlist en el que iban a predominar los ritmos lentos y las canciones suaves  sobre pérdida,  pero también himnos eternos como drunken angel o la nueva dust, compuesta en base a una letra de su difunto padre, que fue poeta. Lo de Lucinda transitó entre el country introspectivo y el blues pesado, con mención especial a su joy y a la manida rocking in a free world de Neil Young, que cerró el concierto con algunos puños en alto.

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De los sureños Blackberry Smoke no puedo hablar demasiado, pues presencié algo menos de la mitad del bolo, con fornidas melodías como las de six ways to sunday o up in smoke; inevitablemente siguen recordando a los Black Crowes más hard rockeros con bastante aire también a Lynyrd Skynyrd. Al avanzar hacia fuera del recinto se escuchó algo de los Ramones y se trataba de Jean Beauvoir y su banda, que estaban tocando una de las mejores canciones de los de Nueva York, my brain is hanging upside down (Bonzo goes to Bitburg). Un rato más tarde, al tratar de volver a entrar en el recinto, nos hacían pasar por una ilógica fila por la que se avanzaba a paso de caracol, en vez de por la amplia zona por la que hubiésemos tardado la mitad de tiempo; The Hellacopters iban a comenzar y nosotros estábamos ahí haciendo el payaso sin quererlo. Se dejó constancia del desacuerdo por parte de la gente con unos constantes abucheos y para cuando penetramos en la masa los suecos ya estaban en acción. Y es que sobre éste esperado concierto se ha comentado ya bastante por ahí: sonaron de la ostia, pero más que sentirlo lo intuimos. En los dos primeros escenarios hubo varias ocasiones a lo largo de las dos jornadas en las que el sonido era deficiente, pero más notorio fue aún el caso de The Hellacopters, pues se notaba que faltaba volumen de voz y también volumen general. Durante el concierto fuimos varios los que gritamos cosas como “subid el master”, “¡han asesinado al técnico!” etc… En una oportunidad única como ésta de ver a la formación original unida (cosa que no ocurría desde 1998), lo del sonido fue como una patada en los huevos, pero damos fe de que ahí arriba ellos se escuchaban bien y de que interpretaron su debut discográfico (supershitty to the max, 1996) al completo además de alguna otra canción. (Gotta get some action) now fue el certero disparo final, pero para entonces los allí congregados ya estaban comentando la posibilidad de verlos en alguna sala en los siguientes meses.

Ya nos hablaron acerca del desastroso concierto que ofreció Danzig, por lo que nos alegramos de haber escogido a Luke Winslow-King, que además tocaba en el escenario número 3, con la calidad y cercanía que eso suponía. Sonó mucho blues tocado con slide y algunos variados sonidos de Nueva Orleans (aunque quizás menos de los que nos hubiera gustado) destacando el bailongo tema propio swing that thing combinado con who do you love de Bo Diddley. Y a última hora, a eso de las 2 A.M., tenían programada la que sería la experiencia más especial de ésta edición azkenera: más de cinco años llevaban preparando la película y el show audiovisual que llevaba por nombre Gutterdammerung, y es que en éste film participaban y aparecían Josh Homme, Iggy Pop haciendo de ángel, Slash y hasta el mismísimo Lemmy, entre otros. Se trataba de una película con esencia de serie B pero con resultado final bastante Lynchiano que se hacía acompañar de canciones de Black Sabbath (masters of war), Johnny Cash (folson prison blues), Led Zeppelin (Inmigrant song), Motorhead, The Doors o Nirvana, interpretadas en clave metal por la banda que se ocultaba tras la pantalla. Faltaban los subtítulos para que todo el mundo pudiera disfrutar como se merece de la trama, pero se trataron temas como la maldición del rock y las guitarras, presenciamos malvadas monjas y torturas, además del oscuro cura interpretado por Henry Rollins, que aparecía en escena repitiendo algunas de las frases que había grabado para la película. También emplearon sencillos aunque efectivos efectos de humo, luces y explosiones que unieron realidad y ficción en un pack que a muchos resultó irresistible. Para mí fue parte de lo mejor de la jornada del viernes, sin duda.

Lo primero que pregunté el sábado al llegar al tercer escenario y escuchar las primeras canciones de The Milkyway Express fue si esa gente venía de Estados Unidos. Pues no, “resulta que son sevillanos” me comunicaron. El quinteto da el pego como americanos y toca un blues rock caliente que, de haber estado programado para más tarde, hubiera puesto a bailar a muchos más. Un genial comienzo de ésta segunda jornada. En el primer escenario comenzaban a lanzar su rock el trío inglés RavenEye, que al principio sonaban fatal técnicamente (¿el coro más alto que la voz principal!?) y que en seguida se reguló para el disfrute del público. Acaban de empezar en ésto de la música (al menos en el ojo público) pero ya tienen cartas suficientes para atraer a un público amplio amante del rock y los sonidos más clásicos. Lo de ésta banda es hard rock para el siglo XXI. Según terminaron nos lanzamos de cabeza a Radio Birdman, estandarte del  primerizo punk rock y también del rock underground australiano, sonido que sorprendía y encandilaba en su día y que, tal y como se comprobó en Mendizabala, sigue vigente cuarenta años después de su creación. Abrieron fuego con crying sun y a partir de ahí todo fue hacia arriba, con un hand of law totalmente hímnico a mitad de concierto. Rob Younger y su gente lo dieron todo y el público supo responder. Me quedé con ganas de saber si habían tocado temazos como burn my eye, ya que antes de que éste concierto finalizase algunos nos movimos para ver a otros legendarios del underground australiano: The Scientists.

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Su cantante y único miembro original, Kim Salmon, parece al menos diez años menor de lo que en realidad es, y es que a punto está de cumplir los sesenta años y lleva ya cuarenta en ésto de la farándula musical. Oye, será que Australia y/o el rock visceral rejuvenecen a uno. En cuanto a la selección de temas, se centraron más en su segunda etapa, la del garage swamp rock, dejando su lado punk rock más aparcado. This is my happy hour  suena desesperante, como tiene que ser, we had love colosal, irregular y jodidamente explosiva. Otro momentazo sucedió cuando Salmon y sus escuderos entraron a versionar you only live twice, canción de Nancy Sinatra que los de Perth ya grabaran hace ahora treinta años. Escuchando a The Scientists uno vuelve a recordar porqué fueron tan grandes y cómo influyeron de manera tan directa en bandas sucias pero muy necesarias como Mudhoney. Sin ninguna duda uno de los mejores conciertos de éste año en el ARF. La reunificación de una banda sólida aunque bastante pasada por alto en su día como es la de los granadinos 091 prometía grandes momentos, grandes canciones, pues al fin y al cabo llevaban veinte años sin tocar juntos. Sin embargo, y seguramente por mi edad, no era ésta una banda con la que estuviera demasiado familiarizado, no así con la carrera de uno de sus miembros, el artesano de la canción Jose Ignacio Lapido. Durante su concierto nos aposentamos en el merendero y desde allí pudimos escuchar canciones con alma de himno como qué fue del siglo XX?, vocalmente pop e instrumentalmente rock. La torre de la vela o la vida qué mala es también sonaron para regocijo de todos esos fans (que eran muchos) que llevaban tantos años esperando reecontrarse con una de las bandas nacionales más incomprendidas de nuestra historia. Parece que esa deuda quedó del todo saldada. Y con nota.

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El gran cabeza de cartel del festival hacía acto de presencia en el primer escenario con sus dos miembros originales al mando: el (aún) salvaje guitarrista Pete Townshend y el antaño soberbio vocalista Roger Daltrey. No iban nada mal acompañados por Zak Starkey a la batería (hijo de Ringo Star) y Pino Palladino (JJ Cale, Elton John o John Mayer, entre otros tantos) al bajo.  La ristra de hits que han acumulado en el último siglo (aunque todas databan de los primeros veinte años de The Who) es para caerse de espaldas, todo un catálogo de pop y rock de calidad: I can´t explain, substitute, the kids are alright, la balada behind blue eyes, la sobrecogedora i´m one con Townshend a la voz, e incluso cosas muy interesantes del Tommy como sparks o see mee feel me. Supongo que nadie a éstas alturas esperaba ver a The Who como si ésto fuese 1978 ni nada similar, pero lo cierto es que cumplieron. Daltrey ya no tiene el chorro de voz que poseía, quizás sí un 60 %, pero una vez que entras en su cancionero y ves que las cosas funcionan te abandonas al disfrute, que de eso se trata. Y por si a alguien le pareciera que en ésta edición del ARF había pocas reuniones musicales, que se hubiese acercado a ver a los suecos Refused, escupitajo de hardcore punk que usa gran parte de experimentación en su propuesta y que, seguro, no dejó a nadie indiferente. Anunciaron estar muy contentos de estar en ese festival en concreto y de que los fans (tras años de demanda) por fin hayan logrado unir al grupo. Eran otros casi veinte años sin la medicina de refused y las ganas por parte de los fans también se dejaron sentir. Interpretaron muchos temas del supremo the shape of punk to come y reivindicaron incluso la igualdad entre hombres y mujeres mientras comunicaban sus deseos de destruir de una jodida vez el capitalismo; todo ello con una rabia y una fiereza artística difícilmente superable, que hubiese levantado a todo un cementerio de sus tumbas de haber quedado uno lo bastante cerca de Mendizabala.

A Supersuckers nadie iba a ponerle, a priori, ningún pero. Es una de las bandas más “azkeneras” con una combinación muy acertada de country, rock n roll y punk-rock, tres estilos que casan a la perfección con el espíritu del festival. Eddie Spaghetti y sus amigos se descolgaron con varias melodías de su disco exclusivamente country, el must´ve been high de 1997: la que da título al disco, la divertida non-addictive marijuana o la inesperada y favorita propia roaming round. También sudaron rock n roll acelerado, tanto por los poros de su piel como por los altavoces, que ésta vez sonaban al volumen que debían. Born with a tail  o la coreada pretty fucked up también levantaron vasos hacia el cielo tal y como se espera que haga el público ante lo que ellos mismos (la banda y sus acérrimos) definen como “la mejor banda del mundo”. Un concierto más que acertado para cerrar la jornada musical y lúdica del sábado.

Más de 18.000 personas se acercaron al festival el último día gracias al reclamo de The Who y más de 12.000 en la jornada del viernes, contabilizándose en total más de 30.000 entradas vendidas. Como novedad  habría que comentar la mayor variedad gastronómica  (dos restaurantes-furgoneta dedicados a la comida Tailandesa, entre otros) además de la inclusión de cervezas tostadas (oscuras) en la carpa negra que a última hora se transformaba en la carpa de los dj´s con el nombre de uno de los más queridos de la música vaquera, Mr Merle Haggard. En esa zona se pinchaban vinilos para hacer bailar al personal hasta altas horas de la madrugada, para quien aún no hubiera tenido suficientes emociones sónicas.

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En: Crónicas

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