Arantxa y el concierto de Chucho Valdés

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Eran las ocho y cuarto del Martes 25 de Septiembre y la gente se acumulaba en la entraba de la Sala BBK en Bilbao. Esa noche, tocaba el gran pianista cubano Chucho Valdés en la serie de conciertos Masters at Work. Mientras llegaba la hora, la señora Arantxa de Mendizabal y Churruca apuraba, como era su costumbre, su último cigarro antes de entrar en la sala.

Vestía perfectamente sus 57 años con unas botas altas y un abrigo que había comprado en Loewe. En el interior, un traje negro de falda corta con medias de encaje. No podían faltar a su cita los pendientes, las joyas, el maquillaje y su pelo, recién salido de la peluquería.

Acabado su cigarrillo, entró en la sala y se acomodó en su asiento. Estaba dispuesta a escuchar el que seguro que iba a ser un concierto maravilloso. En realidad, si era bueno o no, no era importante para ella; lo único que le importaba era poder contarle a sus amigas que había ido a ver a un pianista cubano que tocaba de maravilla. Tampoco le importaba el tipo de música que hacía. “Jazz, el tipo de música que nos gusta a la gente como yo; con buen gusto”.

Por la megafonía anunciaron que el concierto empezaría en unos instantes. Arantxa recogió su bolso para poner el móvil en silencio. Concentrada en la pantallita notó como alguien se sentaba en el asiento junto a ella. Cuando levantó la cabeza no podía creérselo: la persona que acaba de sentarse era la insoportable Mónica Ibarra y Ayestarán, mujer del que era el socio de su marido.

– Mónica, ¿cómo tu por aquí? – dijo Arantxa con su perfecta doble moral.

– Arantxa, ¡qué coincidencia! – contestó Monica.

En el fondo Mónica tampoco soportaba a Arantxa pero su perfecta diplomacia forjada durante años en los círculo burgueses hacía maravillas en este tipo de situacioness.

– Ya ves, viniendo a ver al “gran” Chucho Valdés – detrás de todo ese maquillaje Arantxa disimulaba perfectamente su cara de asco

– Ay, mira tú. Qué ganas tenía de venir a verle – respondió Mónica, que al igual que Arantxa jamás había escuchado a Chucho y tan solo venía al concierto para no tener que soportar a su marido.

En ese instante, Chucho apareció en escena perfectamente trajeado. Saludó al público y se sentó a su piano. Con un suave inicio, de sus manos empezó a sonar  el latin jazz de “La comparsa” reflejando en las caras del público el mejor sonido cubano. Arantxa y Mónica olvidaron en ese instante la existencia de la otra y se concentraron en la música.

Mujer en Concierto - Fotografía de Borja Aguado Mujer en Concierto – Fotografía de Borja Aguado

El concierto resultaba ambiguo para Arantxa. Sin haber escuchado nunca ese tipo de música, disfrutaba de ella. El sonido de cada nota le hacía levitar del asiento y sentirse por encima del resto del público. Le encantaba la sobriedad de Chucho. Esa solidez a la hora de percutir las teclas. Esas manos que se movían tan rápido. Su fina música le susurraba al oído.

Tras el aplauso al acabar la primera canción, Arantxa se dirigió de nuevo a su acompañante: “que bueno, ¿verdad?”. Antes de que Mónica pudiera contestar Chucho continuó con el repertorio. En este caso, “Bésame mucho”. Arantxa pensó que al menos ésta si que la conocía. Pero sonaba distinta, más atractiva. Cada nota acariciaba su piel, a veces con suavidad, otras con energía. Aquella mezcla de ritmos latinos y africanos producían en Arantxa una sensación que reconocía perfectamente: se estaba excitando.

Disfrutando de la música de Chucho, olvidó que junto a ella se sentaba Mónica. Mientras tanto, las canciones continuaron una tras otra. Diferentes estilos bajo las manos de un genio: “Blue Monk” de Johnny Griffin, “Misa Negra” y “Danzón” del nuevo disco de Chucho, “Para Vigo me voy” de Ernesto Lecuona,composiciones de Thelonious Monk… y cada canción la excitaba más y más. Escuchando el Concierto de Aranjuez empezó a sentir que se estaba mojando. Intentaba disimular cruzando las piernas, pero eso todavía era peor. El roce la excitaba aún más y, de nuevo, tenía que volver a abrirlas.

De repente, acercándose el final del concierto, en un momento algido de fusión en la segunda canción de propina. Cerró lo ojos y dejó volar su imaginación. Seducida por la música se imaginó desnuda frente a Chucho. Empezó a sentir sus manos tocando sus piernas como tocaba el piano. Con esa suavidad y, al mismo tiempo, esa fuerza y sensualidad varonil. Llegó a sentir los largos dedos rozando sus rodillas, agarrando sus muslos y, lentamente, acercandose a sus labios hasta abrirlos. Sentía como su pequeña diosa del placer era manejada como las teclas de un piano para, después, notar como los dedos penetraban en su interior.

Llegó el ataque final de Chucho con una de sus virtuosas improvisaciones. Arantxa sintió cada articulación, cada giro sobre el piano. La velocidad endiablada del movimiento de sus yemas. Hasta que en el mismo instante en el que Chucho tocaba las dos últimas para acabar la pieza, Arantxa, se corrió.

Pegó un pequeño grito que pasó desapercibido entre los aplausos del público. La gente aplaudía mientras Chucho, ya de pié, saludaba al público y Arantxa, sentada, intentaba recuperarse. Ese hombre mayor se retiró lentamente del escenario hacia bambalinas y la gente empezó a levantase. “¿Vamos?” preguntó Mónica. “Si, si, claro”, dijo Arantxa con dificultad

Las dos salieron de la Sala BBK y caminaron juntas hasta llegar al Palacio de Justicia. Allí, se despidieron con dos besos que ni tan siquiera rozaron sus mejillas. Arantxa empezó a caminar hacia casa pensando en cómo podía haber llegado al orgasmo con la música del concierto.

Mónica se quedó quieta, observando a Arantxa mover sus caderas dirección a casa. Mientras la miraba acercó su mano a la nariz y, con una fuerte respiración, disfrutó del olor amargo de la humedad de Arantxa que desprendían sus dedos. ¿Cómo no me he dado cuenta hasta hoy que a ella también le gustan este tipo de cosas? pensó. Y esas “cosas” no eran exactamente el maravilloso concierto de Jazz que acababan de ver.

Fin.

Vindio.

En: Crónicas

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